Corrupción de cuello azul y cuello blanco

por el 14/03/17 at 11:44 am

Hace un tiempo se puso de moda distinguir entre la corrupción “micro”, llamada de “cuello azul”, aquella que realizaban los policías para no poner una multa, o el de la ventanilla en la oficina para tramitar un asunto, y la corrupción “macro”, llamada de “cuello blanco”, que es la que se ejecuta a niveles altos en los gobiernos, generalmente en los contratos, en la adjudicación de permisos y otros asuntos de gran calado.

La distinción llevaba su carga ideológica: la corrupción de “cuello azul” se justificaba como una “forma de distribución del ingreso” a personas que ganaban bajos salarios y tenían poca estima social. La de “cuello blanco” era la ejercida por los funcionarios del gobierno y el alto empresariado, y era corrosiva para el sistema, aumentaba los costos y los riesgos para la población.

Algunos de esos estudios obviaban el lado grave de la corrupción a cualquier nivel: su efecto sobre la conducta personal y el impacto social de no hacer caso a la ley para obtener fines privados o particulares. Es cierto que la construcción defectuosa de un puente o de un edificio puede provocar un gran daño en un momento determinado, pero la creación de una cultura de no respeto a la ley, de impunidad y de convertir una conducta desviada en una conducta generalizada, tiene un efecto a largo plazo tan o más pernicioso que la gran corrupción de los funcionarios.

Esta división ha permitido que el pueblo vea la corrupción de “cuello azul” como una “defensa” del pobre, y que la del rico sea vista como otra oportunidad de ingreso, una “borona” más y por eso tampoco se condena.

Toda corrupción es mala, no importa los montos envueltos, por su efecto deletéreo sobre la conducta de los ciudadanos. Por tanto, no se trata sólo del caso Odebrecht. Lo que está en juego es la supervivencia de una sociedad sana.

atejada@diariolibre.com

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