4 Agosto 2008 - 8:15 amA.M. – Cosas de la vida
El sábado pasado, mientras circulaba por la avenida Winston Churchill, el semáforo me detuvo en la esquina con Heriberto Núñez.
Mientras esperaba el cambio, ante la mirada de una joven agente de la Amet, unos niños haitianos pedÃan entre los automóviles y otros lavaban cristales por unas monedas.
Le reclamé a la agente por qué dejaba que los niños pidieran y trabajaran, si ambas actividades están prohibidas por la ley para menores, en este caso muy menores.
Me contestó con el consabido “usted sabe comué”, reiterando que no estaba capacitada para hacer algo, porque si los quitaba de una esquina se aparecÃan en la otra, en un negocio que parece estar mejor organizado que la distribución de drogas en los barrios.
Pero lo simpático ocurrió segundos después. Al lado de mi automóvil estaba un jeep Wrangler, de reciente añaje, con placas de Haità y conducido por un fornido mulato haitiano (aquà lo llamarÃan “indio claro”).
Cuando el niño se le acercó a pedirle una limosna, el señor ni lo miró y simplemente le dijo que no con un despectivo movimiento del dedo. Al otro lado, una señora dominicana, aparentemente de clase media, bajó el vidrio para donar unas monedas al pedigüeño del vecino paÃs.
Las lecciones rápidas de la situación son obvias: la ley no se aplica, los oficiales encargados no la aplican, los haitianos no ayudan a sus compatriotas y la clase media alimenta con su lástima el negocio. Saque usted sus propias conclusiones.
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