En el esquema desarrollado por Montesquieu, la función judicial formaba parte del poder ejecutivo y no constituÃa un poder aparte. Por demás, siempre ha existido mucho temor de entregar a personas que son elegidas por el voto popular o que no forman parte de la aristocracia, la facultad de adjudicar la razón jurÃdica.
Por eso, en Francia se limitó a los jueces con varias disposiciones del Código Civil y si en Inglaterra se desarrollaron los tribunales fue solamente como una protección de los nobles contra el poder del rey.
En verdad, sólo con el desarrollo democrático de las sociedades la función judicial adquiere toda su independencia y esplendor.
¿Cómo se llega a esa independencia y esplendor? El magistrado Jorge Subero Isa lo expresaba el lunes con gran poder de persuasión: “La verdadera fuerza del Poder Judicial se encuentra en la fuerza moral de los jueces”.
Esa fuerza moral es lo que permite al juez sustraerse a las presiones de funcionarios y amigos, de abogados embarrados de las mieles del poder que se atreven a violar el sagrado recinto del tribunal para burlarse de la Justicia.
Esa fuerza moral la da el estudio, la concentración en los hechos para no juzgar “por la vocinglerÃa y la presión de las graderÃas”, y el apego al ideal de justicia.
No se ha juzgado en toda su importancia el hecho de que el juez tiene que ser una persona de valor personal. El pusilánime no puede ser juez, ni el vendido, ni el ambicioso ni el indiscreto.
Nuestros actuales jueces están construyendo el Poder Judicial de nuestro paÃs. Ojalá lo sepan y se comporten a la altura de su deber.